Nada pasa, nada queda

Qué fue de los días azules,
ebrios, de antiguos veranos.
El tiempo pausado,
eternas las horas
que abrían las puertas
de reinos perdidos.
De mármol, las olas;
de plata, tu llanto.
Dulces lágrimas al viento.
De verdad, ¡te quise tanto...!

Promesas de gloria
tendidas al sol perezoso.
Tu risa me hablaba
de ríos salvajes
fluyendo hacia tierras abiertas.
Sueños sin cadenas,
fiebre de esperanza.
Fuimos inmortales
aquellos momentos.

Un círculo en llamas
resguarda el ayer
del conjuro de sombras.
Bosques encantados
sortean las trampas
de la desmemoria.
Todo lo pasado
sigue estando aquí.

Nada pasa y nada queda.
Tiene razón el poeta,
aunque se mire al revés.

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