La guerra de Putin llama a la puerta

Nos llegan vientos de guerra desde el este de Europa. Cuando escribo estas líneas, han pasado ya tres semanas desde que el ejército ruso entrara en Ucrania a sangre y fuego.

Quisimos creer que la guerra -en esta parte del mundo, al menos- era cosa del pasado. Y no porque en Europa seamos especialmente civilizados, ni tan solo porque aquí buena parte de la población goce de ciertos niveles de bienestar material. Conflictos originados en el corazón de Europa provocaron dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX. Creíamos haber aprendido algo de ese pasado brutal y, con muchas contradicciones, haber puesto los medios de colaboración entre naciones que impedirían su vuelta.

Otra ilusión falsa. Ya en los años noventa del siglo pasado, los salvajes enfrentamientos en lo que fue la antigua Yugoslavia nos mostraron que la guerra tenía hondas raíces entre nosotros. Que los supuestamente civilizados europeos seguíamos siendo capaces de cometer las mayores atrocidades. Un nivel de bestialidad apabullante ejercido en nombre de patrias puras y unificadas. Pero la propia naturaleza nacional de esas guerras las limitaba prácticamente a los territorios en conflicto.

Ahora es una gran potencia militar la que ha invadido un estado vecino. Una potencia que, además, posee abundante armamento nuclear. Una escalada bélica que no sabemos hasta dónde nos puede arrastrar.

Se me hacen difíciles de entender los objetivos que pretendía alcanzar Putin con esta ofensiva. Tal vez haya partido de un garrafal error de cálculo. Puede que tuviera en la cabeza una guerra relámpago que impusiera un gobierno prorruso en Kiev, una acción rápida que no acarrearía excesivas consecuencias. Visto lo visto, nos puede parecer una hipótesis disparatada, pero la práctica impunidad con la que había venido actuado hasta la fecha le podría haber empujado a pensar que también esta vez sucedería lo mismo.

Si acaso esos eran sus planes, su primera equivocación fue suponer que la invasión sería un paseo militar. Ucrania tiene más de cuarenta millones de habitantes, la mayoría de ellos con un arraigado orgullo nacional. La resistencia está siendo feroz. El ejército ruso está relativamente estancado y recurriendo a bombardeos masivos.

Su segundo error ha sido no entender que una acción de ese tipo siempre levanta olas contrarias. El miedo empuja a los agredidos y amenazados a buscar trincheras en las que guarecerse. No es de extrañar que Ucrania y Moldavia hayan solicitado su inmediato ingreso en la Unión Europea, o que Suecia y Finlandia -directamente amenazadas por Putin- hayan pedido a la Unión Europea activar la cláusula de defensa mutua o valoren ingresar en la OTAN. El resultado es que los países de su frontera europea se están alejando de Rusia y buscando protección ante posibles agresiones futuras. También se ha reforzado la unidad interna en la Unión Europea. La balanza rusa se ha movido, sí, pero hacia el propio aislamiento.

Tampoco previó, al parecer, la contundencia de las sanciones económicas impuestas por buena parte de los países del mundo, con los USA y la Unión Europea a la cabeza. Esta vez han sido inmediatas y rotundas. Está por ver cuánto golpean la economía rusa y su influencia en el desarrollo del conflicto.

Y para terminar con esta lista, no sé si esperaban un rechazo internacional tan abrumador. La votación en la ONU de la resolución que condenaba la invasión de Ucrania -141 países a favor y solo 5 en contra, incluida la propia Rusia- demuestra la inmensa preocupación que ha suscitado la agresión y los pocos respaldos con que cuenta.

Podemos hablar largo y tendido sobre las raíces del conflicto. Analizar los mitos del nacionalismo ruso que considera Kiev como la madre de su patria. O recordar el papel que jugaron determinadas organizaciones ucranianas en la Segunda Guerra Mundial apoyando a Hitler y haciendo gala de una extrema crueldad. O repasar, en tiempos más recientes, lo ocurrido desde la revuelta del Maidán, la anexión de Crimea, la guerra en el Donbás… La sociedad ucraniana es plural, como casi todas, y la pluralidad es complicada de gestionar. Más aún cuando entran en conflicto nacionalismos enfrentados. El objetivo de toda guerra es aniquilar al adversario a cualquier precio y por eso mismo es difícil que alguien conserve las manos limpias en medio del horror. También podemos rebuscar en las páginas más negras de la historia de la OTAN, un tema que daría para mucho. La realidad siempre es compleja, la vida no es una película de buenos y malos. Analizar sus múltiples facetas nos puede ayudar a comprenderla mejor. Hasta aquí, vale.

Pero lo que no es de recibo es refugiarse en la complejidad o subrayar ciertos aspectos parciales para ocultar lo fundamental: un país soberano ha sido invadido por una potencia extranjera.

No es defendible que Rusia tenga derecho a decidir lo que hagan o dejen de hacer terceros países porque en otros tiempos hayan pertenecido al Imperio de los zares, hayan formado parte de la URSS, o por haber estado en su órbita en los tiempos de la guerra fría. Lo que sí sería razonable, me parece a mí, es que se acordasen garantías de no agresión entre las partes, aunque habría que ver en qué consisten y cómo se sustancian.

Tampoco cabe olvidar la naturaleza autocrática del actual régimen ruso. Las propiedades del antiguo estado que han pasado a un puñado de manos privadas. El envenenamiento o encarcelamiento de opositores. La censura de todo medio crítico. Las injerencias del régimen -que parecen demostradas- en procesos electorales y políticos de otros países buscando debilitar al adversario… Y lo principal en el caso que nos ocupa: su agresividad. Desde el desmembramiento de la URSS, el ejército ruso ha protagonizado una larga lista de intervenciones militares (Georgia, Chechenia, Kirguistán, Kazajistán, Siria, Bielorrusia…). La actual es la tercera agresión en territorio ucraniano. El nacionalismo ruso se sintió humillado con el hundimiento de la URSS y ha intentado recuperar la autoestima -y los territorios que considera suyos o en los que hay población de origen ruso- tirando de musculatura militar. Ese nacionalismo que se siente herido y busca recobrar el orgullo perdido por medio de acciones armadas -defensivas, las llaman ellos- es la base del apoyo que tiene Putin entre la población rusa. Se veían de rodillas y ahora creen estar haciéndose respetar. A golpes.

Los ucranianos tienen derecho a defenderse. A ellos les corresponde decidir cómo. Son los invadidos, los agredidos, las víctimas. Nuestro papel es ser solidarios con ellos. Tenemos el deber de acoger a los refugiados que huyen de la barbarie. De prestar ayuda humanitaria que alivie en lo posible los sufrimientos de la población… Buena parte de los ucranianos, con su gobierno a la cabeza, han decido resistir militarmente a la invasión. Están en su derecho. Saben que, aun en el caso de que el ejército ruso consiguiera imponer su superioridad militar, tendría complicado mantener durante mucho tiempo la ocupación. Hay un inmenso desequilibrio de armamento entre los contendientes. El Gobierno de Ucrania ha pedido ayuda militar. Es justo proporcionársela. No podemos mirar hacia otro lado.

Y eso a pesar de que, al entrar en esos terrenos, nos movemos en el filo de la navaja. La intervención de terceros países, la implicación directa en los combates de fuerzas de la OTAN, un ataque -aunque sea por error- del ejército ruso a territorios de la UE o la OTAN, algún incidente de consideración en centrales nucleares… podrían dar lugar a escaladas muy peligrosas. Algunos han aludido ya a la posibilidad de una tercera guerra mundial. Se comprende el sentimiento de orfandad de la población ucraniana. Están luchando solos contra el ejército invasor. Pero hay que intentar que no se extienda el conflicto y por eso se debe medir cuidadosamente cada paso. La guerra es así: nos condena a elegir entre lo malo y lo peor.

Siguen las negociaciones entre las partes. Los intentos diplomáticos nunca se han detenido. Los ha habido antes de la guerra, los hay ahora, los habrá para cerrar -esperemos que bien y pronto- el conflicto.

Ojalá se abriera paso con rapidez una solución negociada. Evitaría mucho sufrimiento. Pero, una vez llegados hasta aquí, no veo ninguna salida que no incluya un alto el fuego total e inmediato y la retirada de las tropas rusas al punto de partida, lo que implicaría reconocer -implícitamente, al menos- el fracaso de su operación. Difícil que un nacionalismo herido se avenga a hacerlo sin haber quemado antes sus naves.

No sé qué nos reserva el futuro. No tengo bola de cristal. Sí recuerdo lo que ha hecho el ejército ruso cuando, en anteriores ocasiones, se le han torcido las cosas. Recuerdo Grozni -la capital chechena- o Alepo -la mayor ciudad siria, con casi 5 millones de habitantes- reducidas a escombros para doblegar su resistencia. Siniestros precedentes.

En cualquier caso, y mirando hacia adelante, pienso que lo positivo es mantener en todo momento ofertas de salida, plantear acuerdos resolutivos que no resulten humillantes para nadie, buscar garantías mutuas de paz y no agresión por difíciles que parezcan. Sin olvidar lo ocurrido, hay que encontrar fórmulas que permitan salvar la cara a todos. Sería un error proporcionar un solo argumento que sirva de alimento a nacionalismos revanchistas.

Y aún podríamos ir más allá si somos capaces de ofertar a la sociedad rusa -una vez que consiga dejar atrás el militarismo y el autoritarismo- nuevos horizontes. Vías abiertas a la colaboración, al estrechamiento de lazos económicos y culturales con la Unión Europea. Ya veríamos hasta dónde se llega avanzando por ahí.

El futuro está por escribir. La guerra no es el camino. Ojalá acertemos esta vez.

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