Crimen flagrante


Estuvo un buen rato mirando por la ventana, distraído, viendo pasar a la gente. Unos caminaban solitarios; otros, charlando con sus acompañantes. Algunos se detenían unos segundos ante los escaparates. La mayoría de ellos proseguía luego su camino y solo unos pocos acababan entrando a la tienda. Aún serían menos los que llegarían a comprar algo, pensó, pero no alcanzaba a ver el interior de los comercios y no fue capaz de hacer un cálculo aproximado. Una riada de coches inundaba la calzada evidenciando el fracaso de las políticas municipales de reducción del tráfico. A un autobús eléctrico le habían instalado un altavoz -por evitar los peligros de circular en silencio, supuso- que emitía un ruido similar a la respiración entrecortada de un asmático. Se entretuvo comparando los colores, logotipos y vehículos de las compañías de reparto a domicilio. Se preguntó cuánta gente trabajaría en esas empresas. Incalculable. Zumbaban por todas partes, como las obreras de un enjambre. Hoy estaba despejado, por lo menos, pero en días de frío o lluvia…
Volvió a sentarse en el sofá. Puso la tele, sin objetivo alguno, por ver qué daban. Fue pasando de cadena en cadena. Programas de telerrealidad, debates sobre la reciente separación de una pareja, vídeos de caídas o choques de coches, un montón de series -muchas de ellas de policías-, dibujos animados para niños, un reportaje sobre la vida y milagros de las hormigas… ninguna alternativa le llamó la atención. Completó dos veces la rueda de canales y apagó la pantalla.
Le apeteció tomarse un café. Fue a la cocina a prepararlo. Volvió a la sala con una taza humeante entre las manos. Se sentó de nuevo y pensó que, mientras se tomaba la infusión, estaría bien hacer un sudoku. Estuvo unos minutos concentrado en la tarea. Estaba entrenado en esos menesteres y lo completó con rapidez.¡Toma ya!
Fue a la cocina a dejar la taza, la pasó por agua, la colocó cuidadosamente en el lavavajillas.
Al regresar a la sala, se le ocurrió que sería agradable escuchar un poco de música. Sintonizó con el móvil una radio que emitía música de piano y la conectó al altavoz. Como tenía el teléfono en las manos, decidió echar un vistazo a las redes sociales. Repasó las tendencias del día, los mensajes de mayor éxito, los vídeos más vistos…
Se aburrió al cabo de un cuarto de hora y pensó en hacer un crucigrama. Fue a buscar una revista.

En ese momento llamaron a la puerta. Al entornar la hoja, sintió que desde fuera la empujaban con violencia. Salió despedido, trastabilló, y tuvo que agacharse intentando guardar el equilibrio. No le dio tiempo a comprobar cuántos y quiénes eran, cuatro, al menos, a juzgar por el ruido de pasos. La puerta quedó abierta de par en par. Cuando trataba de incorporarse, alguien le sujetó por la nuca, le agarró de un brazo y se lo dobló sobre la espalda. Le empujaron por detrás y quedó inmovilizado, la cara contra la pared. Le cogieron también del otro brazo y se oyó el clic metálico de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas.
El inspector Mark Purity, jefe local de la Brigada de Rectificación del Pensamiento, sonrió satisfecho. Esta vez no había duda, habían atrapado al criminal con las manos en la masa, infraganti, obrando con premeditación y alevosía, para colmo: lo habían sorprendido mientras, sin ninguna vergüenza, estaba matando el tiempo.

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