Lamento del miliciano

La tarde se retiraba
dejando la amarga herencia
de mil cuerpos mutilados.
Edificios reventados.
Cadáveres exhibiendo
la obscena marca del crimen.
Carne humana reciclada
en comida para perros.
Sangre. Sangre. Sangre. Sangre.
Las llamas alzaban hilos
lúgubres de humo negro.
Negro de noche sin sueños,
cuando tiembla la esperanza
de que exista algún mañana.
Negro de luto por todos
los muertos que no lloramos
porque no nos dieron tiempo
para reponer las lágrimas.

Sentado junto a las ruinas
de lo que fue en otros tiempos
céntrica cafetería
en la calle principal 
de la ciudad en que nació,
un miliciano muy joven
lamentaba su desgracia:
¿Es mejor morir de pie
o conviene resignarse
a vivir arrodillados?
¡Maldito sea el tirano
que en sus sangrientos delirios
nos enfrentó a este dilema!
Volvió a coger su fusil,
se limpió la sangre seca,
se incorporó muy despacio
y siguió luego adelante.
Sin preguntas, sin respuestas.
Adelante. 


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