Fábula de la Verdad

Hace muchos muchos años, cuando el mundo aún era joven, Sofía, la diosa de la sabiduría, tuvo una hija a la que puso por nombre Verdad.

Jamás se supo con certeza quién era el padre, aunque por el Olimpo corrieron toda suerte de rumores. Sofía supo utilizar su proverbial habilidad para que el secreto no transcendiera. Fuera quien fuera el progenitor, Verdad resultó ser inmortal: difícil, por tanto, que fuese hija de un hombre, se cuchicheaba por los mentideros habituales.

Siendo hija de tal madre, a nadie le extrañó que tuviera cualidades portentosas. La más extraordinaria de ellas era una precisión asombrosa para acercarse a la realidad de las cosas y describirla con palabras exactas.

Desde el mismo día en que Verdad nació, los dioses se sintieron incómodos en su presencia. Les hacía daño su mirada rigurosa. Conocía al detalle los actos de su pasado, sus ambiciones ocultas, las tramas en que estaban inmersos para alcanzar el poder… Les parecía que anticipaba las jugadas que preparaban, antes, incluso, de que llegaran a materializarlas. Se veían desnudos ante ella. Algo sumamente desagradable.

-Y peligroso- dijo Zeus.

Había convocado a los dioses a una asamblea decisoria. Previamente se habían quitado de encima a Sofía, enviándola al otro extremo del planeta en busca de plantas medicinales que aliviaran dolores humanos.

-No sé qué será de nosotros de seguir así -continuó el padre de los dioses-. Esa niña conoce nuestras flaquezas. Nadie nos tendrá fe si les llega noticia de nuestras limitaciones. Acabaremos por perder hasta el último de nuestros fieles. Y si los hombres no creen en nosotros, dejaremos de ser dioses. Tenemos que librarnos de ella. De lo contrario, Verdad nos destruirá.

Así habló Zeus y tras sus palabras se alzó un gran revuelo. Verdad no despertaba ninguna simpatía en el Olimpo y lo dicho por Zeus azuzó el rencor en su contra.

Marte propuso decapitarla, quemar su cuerpo y tirar luego las cenizas al océano donde se disolverían y servirían de abono a las algas. Hades se mostró dispuesto a casarse con ella y llevarla consigo al inframundo, el lugar de donde nadie consigue regresar…

La discusión fue agria y prolongada. Cuando llevaban varias horas de asamblea, Temis, la diosa de la justicia, tomó la palabra:

-Se espera de nosotros que seamos justos. Verdad no ha obrado mal. Es peligrosa porque así es su naturaleza. Bastaría con alejarla, con recluirla en un lugar de donde nunca pudiera escapar. Eso sería suficiente.

Los defensores de alternativas más violentas fueron reculando. Al final, la propuesta de Temis les pareció razonable a todos. Logrado el acuerdo, pusieron inmediatamente manos a la obra, antes de que regresara Sofía.

Verdad estaba indefensa ante la coalición de divinidades. La redujeron sin dificultad y la entregaron a Hermes, mensajero de los dioses y Dios de las fronteras. Nadie conocía mejor que él los olvidados rincones del mundo en donde se podría mantener encerrada por los siglos de los siglos a la desdichada Verdad.

Hermes cumplió la orden a conciencia y con éxito rotundo: en el Olimpo jamás volvieron a tener noticia alguna de Verdad.

A la vuelta de su viaje, Sofía, su madre, se esforzó en buscarla por todos los recovecos del mundo conocido. A ello dedicó sin desmayo su dilatada existencia de diosa inmortal. Sin lograrlo.

Han pasado, desde aquel entonces, miles y miles de años. El mundo ha envejecido. Los antiguos dioses se fueron, llegaron otros después, y más tarde fueron también reemplazados, hasta que todos ellos se esfumaron y se abrió la larga era de los hombres.

Entre los humanos hubo desde siempre gentes empeñadas en saber, seguidores declarados de Sofía. Continuaron el trabajo emprendido por la diosa y dedicaron sus mejores esfuerzos a tratar de encontrar a la proscrita Verdad. Aún continúan en el empeño. Es probable que, mientras el mundo sea mundo, lo sigan intentando.

Y eso a pesar de haber aprendido en el largo camino recorrido que nunca darán con esa Verdad secuestrada por los dioses, que no llegarán jamás a poseerla y abrazarla plenamente. Saben que, tras ingentes esfuerzos, deberán contentarse con hallar algún rastro, alguna huella que los acerque a ella.

Puede parecer poco, pero no hay más. Con eso les basta.

Un comentario

Responder a lunaexlibris Cancelar la respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s