Querido turista

El cartel de la foto lo pegaron por las paredes de mi barrio hace dos o tres semanas. La versión en castellano que incluyo está hecha con un traductor digital; así que si alguien le pone pegas…

Estimado turista:
Conocías el balconing?
Previene la gentrificación (el aburguesamiento del barrio).
Mejora la calidad de vida de los vecinos.
Reduce el riesgo de enfermedades cardiacas.
Es MUY divertido.

El balconing, lo recuerdo por si las moscas, consiste en saltar desde un balcón a la piscina del hotel. Cierto tipo de turismo lo puso de moda en Mallorca hace varios años. Se suele practicar después de ingerir abundante alcohol y/o otras sustancias psicotrópicas. El requisito del colocón es comprensible: en frío no parece un pasatiempo muy estimulante. Cae por su propio peso -nunca dicho con mayor propiedad- que esa lúdica actividad ha causado graves lesiones a cierto número de practicantes, incluyendo algún que otro muerto. 

Conviene prestar atención también al dibujo. Basta observar el vuelo del simbólico turista para sospechar lo que realmente le están invitando a hacer.

La verdad es que hasta hoy no me había dado por aludido. Yo no era un turista, sino un sufrido vecino. No gentrificaba mi barrio. Era mi propia calidad de vida lo que decían defender los autores del cartel.

Pero, como la realidad da muchas vueltas y los papeles se invierten, he salido de mi ciudad, me he ido de viaje, estoy en otras tierras… Ahora soy yo el turista. Un vuelco existencial. Era el modélico vecino Dr. Jekyll y me he convertido en el malvado turista Mr. Hyde. ¡Joder con la mutación!

Para colmo de males, mi habitación de hotel tiene un pequeño balcón. Lo miro de reojo y sopeso la conveniencia de tirarme por él. Por nada del mundo querría molestar a los vecinos o colaborar en la gentrificación de la zona. Me prometen, además, que hacerlo sería muy divertido. No sé, no sé.

Lo cierto es que la duda me dura poco. Es un tercer piso y, a lo sumo, podría torcerme un tobillo o romperme algún hueso. ¡A ver si encima voy a contribuir a colapsar los servicios médicos de la zona, ya mermados -supongo- en la época estival!

¡Qué envidia me dan los autores del cartel! Seguro que son vecinos a tiempo completo, que no han salido nunca del barrio. ¡Qué felicidad ser de una sola pieza, no tener que enfrentarse a las contradicciones de la vida!

Claro que han salido del barrio -se entromete el perverso Mr. Hyde-. No seas iluso. Pero, claro, se considerarán viajeros y no turistas. O, si reconocen lo suyo como turismo, le añadirán adjetivos -solidario, cooperativo, cultural, de intercambio, comunitario…- que les libren de toda culpa. Los humanos somos muy hábiles levantando muros de palabras para diferenciar nuestros justos actos de los indignos de los otros.

Un poco harto, empujo a Mr. Hyde al abismo y trato de razonar. No creo que todos los turistas ni todos los modelos de turismo sean iguales, por supuesto. Como tampoco son iguales todos los vecinos, añado por completar el panorama. Turistas y vecinos los hay de toda clase y condición. 

Veo también los problemas que acarrea el turismo. Se ha convertido en un fenómeno de masas. Mueve mucho dinero. La concentración de turistas en ciertos lugares o determinados barrios de las ciudades los está saturando. En algunos casos están cerca del colapso.

Pero muchas veces la causa de la saturación no es solo el turismo. En mi barrio, sin ir más lejos, habría que añadir la interminable sucesión de eventos multitudinarios que se organizan en su entorno: fiestas diversas, mercados, ferias, festivales musicales, carreras y marchas populares, triatlones… Se ha convertido en el fiestródomo oficial de la ciudad. Y no podemos olvidar las numerosas aportaciones particulares: músicos callejeros -se tienen que ganar la vida, no lo dudo-, despedidas de soltero, batucadas -una todos los sábados al mediodía- o simples cuadrillas de amigos que con la suficiente carga etílica son capaces de gritar lo mismo durante varias horas hasta reventarse las cuerdas vocales.

Sumados ambos fenómenos, es fácil imaginarse el ambiente que reina casi de continuo. La hostelería es la principal actividad económica del barrio. Hoy en día vivimos en una juerga perpetua, en un estado de permanente excitación. Algo tendrá eso que ver con el consumismo, digo yo.

Así que no discuto que haya que tomar medidas. Diversificar el turismo -y los festejos, ¿eh?-, frenar la concentración de bares y hoteles, restringir los alquileres turísticos para facilitar el acceso a la vivienda de los ciudadanos, controlar los ruidos, evitar los grandes grupos y las aglomeraciones que bloquean las calles, restringir horarios, poner límites claros a la cantidad y el tipo de actividades, impedir todo exceso… Hay muchísimo por hacer en estos y otros terrenos. La convivencia entre quienes buscan la fiesta y los vecinos que desean vivir en paz no es sencilla.

Lo que me desagrada del cartel es su simpleza y su tono amenazador. Ellos son los buenos; los turistas, sin distinción, los culpables. Les hacen saber que no son bienvenidos. Los declaran personas no gratas. Les exigen que se vayan… El cartel rezuma autoritarismo. Va en la línea de algunas otras pancartas y carteles que han puesto antes por el barrio.

Y mientras se limiten a la propaganda…

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