La berrea

Se tomó dos días libres en la oficina. Serían cinco sumados al puente de octubre.

No le tocaban los niños. Una buena oportunidad para aparcar el trabajo y poder pensar fríamente.

O para dejar de hacerlo, porque desde que sucedió aquello -aún le dolía nombrarlo con precisión- no conseguía quitárselo de la cabeza.

El pasado nunca regresa, jamás volverá a pasar el tren que perdiste, se repetía. Pero eso no le bastaba para acabar con el difuso halo de esperanza que sobrevivía en algún rincón de su corazón. Una maldición, la esperanza, porque le impedía cerrar el círculo.

Eligió un pueblo de montaña. Bosques de robles rodeando el caserío, pino negro en las zonas altas, lagunas cerca de las cumbres. Parajes apartados donde poder pasear en soledad.

El hotel, en una céntrica plaza, olía a berza y fritanga. Las llaves de la habitación se recogían en la barra del oscuro bar-restaurante, cruzando entre mesas ocupadas por paisanos que se refugiaban del frío y buscaban conversación. Un saludo protocolario, un movimiento de cabeza apenas perceptible, pasaba entre los parroquianos sin dejarse enredar por las miradas.

Los días iban acortando. El cielo era azul, transparente, sumamente seco. Por las noches, cuajadas de estrellas, el frío era intenso. A la mañana, la escarcha cubría los campos. Esperaba en su cuarto a que se fuera levantando el sol y sus rayos templaran la atmósfera. Aún así, cuando después de un desayuno copioso iniciaba sus paseos, la helada todavía teñía de blanco las zonas umbrías.

Un manto de rojos y amarillos cubría los montes. De los robles prendían hojas muertas. Las agujas de los pinos parecían más oscuras y apagadas que de costumbre. Una tierra dura, austera, vestida ahora con una capa de recogimiento. Otoño.

En un par de horas o tres de marcha accedía a las zonas altas, allí donde comenzaban a ralear los pinos. Después de superar cortados de roca negruzca, llegaba a las lagunas que se extendían entre prados requemados por las heladas.

Tres días de largas caminatas amarrado al mismo tema. Una obsesión enfermiza.

Es que no era sencillo dejar atrás diecisiete años. Un proyecto de vida en el que había invertido tanto se iba al garete en un inesperado golpe de mar.

Y todo por culpa de ese idiota. Al pensar en él lo anegaba una ola de furia. Sí, quince años más joven, deportista, escalador, cuerpo de gimnasio… Seguro que era de esos que cuelgan fotos en las redes luciendo su torso desnudo. Patético. Un auténtico cretino, un tarado, un…

Bueno, bueno. Lo conocía solo de vista, en realidad. De verlo junto a su mujer -a su ex, debería decir de una vez por todas ateniéndose a los hechos-.

La primera vez que se los cruzó por la calle caminaban abrazados. Iban tan recluidos en su propia burbuja que ni siquiera repararon en su presencia. Se quedó paralizado. Los vio luego alejarse, la mano de ella metida en el bolsillo trasero del pantalón del otro, le gustaría sentir en sus dedos la dureza del culo atlético.

No parecían ocultarse, se repitió cientos de veces en los siguientes días. Mal síntoma.

Tenemos que hablar, le dijo a su mujer. Y se sintió como un perfecto idiota.

Las palabras no curan. Aunque se pretendan nuevas, enseguida empiezan a oxidarse. Hasta que no queda nada que decir. Nada.

Ella decidió separarse, ella, tras diecisiete años. Ella.

Y los niños. Toni… el mayor, el ojito derecho de mamá… la leche materna debía contener alguna sustancia adictiva. Pero Ali, su niña, su pequeña… ¡que también prefiriese a la madre…!

Hundido de una sola andanada, tocando fondo. El divorcio, irse de casa, pelear la custodia en los tribunales… Enfrentarte a tu familia. A toda tu familia, a Toni, a Ali, a tus propios hijos.

Anduvo tres días atrapado en el remolino. Pensamientos tan gastados que brotaban solos, sin añadir ni una palabra nueva a las que ya había repetido tantas veces.

Caminaba hasta que empezaba a huir la luz. Cuando regresaba al pueblo, se oían los bramidos de los ciervos en celo atronando el valle. Unos berridos dramáticos, desesperados, como si más allá de simples ritos de apareamiento se estuvieran jugando la vida.

Fue a la mañana del cuarto y último día cuando, desde una crestería en la parte alta de la montaña, vio la escena. Abajo, bastante cerca, a unos cincuenta metros como mucho, en un claro del bosque cerrado por pinos, dos machos se enfrentaban sobre la hierba verde. Exhibían sus espectaculares cornamentas, se amenazaban con desplantes chulescos. Luego retrocedían, se separaban unos metros, tomaban impulso y embestían el uno contra el otro. Chocaban testuz contra testuz con enorme violencia. Golpes secos, brutales, que despertaban ecos en la ladera. Se empujaban con las cuernas y, en alguna ocasión, parecieron quedarse trabados. Repitieron el asalto una y otra vez, una ceremonia anual bien aprendida, hasta que de pronto uno de ellos giró y salió de estampida. El otro fue tras él. Se perdieron entre los pinos en décimas de segundo. ¿Había habido un vencedor? ¿Había sido una una renuncia? ¿O quizás una retirada a tiempo para buscar terrenos más favorables?

En cualquier caso, algo se removió en su interior. Se quebraron capas que llevaban meses petrificadas. Por las hendiduras, brotaron nuevas perspectivas. Sus cavilaciones dieron un giro. Él era un ser racional.

Pensar en sí mismo, analizarse. Eso para empezar. Había dejado atrás los cuarenta. Estaba más gordo, no cabía duda, esa grasa antiestética que se le acumulaba en el abdomen, ese flotador que hundía su autoestima. Se le habían ensanchado las entradas, el pelo le clareaba por la coronilla. Estaba de continuo tan cansado que, cuando libraba, solo le apetecía tumbarse en el sofá, un libro en la mano, una cerveza sobre la mesa.

Ella, en cambio, sacaba tiempo para todo. Madre modélica. Trabajadora ejemplar. Practicaba yoga. Salía a correr. Iba a escalar con sus amigos. Vestía con gusto. Ocultaba sus canas -abundantes ¿eh?- bajo el tinte. Llevaba el pelo cortado con unas ondas surferas que la rejuvenecían. Pese a haber parido y dado pecho a dos hijos, mantenía un cuerpo flexible y vigoroso.

Caminos divergentes. La había decepcionado. Se comprendía que tratara de llenar el vacío con otro, mejor con alguien más dinámico. Aunque fuera con aquel tipo de pelo largo, rizado y enmarañado, de barba áspera de un palmo de largo que parecía un auténtico cromañón. Te lo podías imaginar sin esfuerzo pavoneándose ante su caverna. Pero ella estaba en su derecho de preferir al Cromañón. Y de mandarlo a él al cubo de la basura.

¿Y los niños? Los niños habían elegido, era imposible competir con Doña Perfecta, tendría que llegar a un acuerdo con ella.

El otoño pasaría, también lo haría el invierno. Para cuando llegase la primavera, sería un hombre nuevo. Para empezar, recuperaría la forma, perdería algunos kilos. Dicen que el buen tono muscular empuja al optimismo.

Volvió a la ciudad lleno de buenos propósitos. De inmediato se puso en contacto con su abogada para preparar una propuesta de acuerdo. Se apuntó a un gimnasio.

La primera mañana que tuvo libre en el trabajo, decidió salir en bicicleta. Hacer cuarenta o cincuenta kilómetros, llevaba años sin practicar.

Eligió los maillots y culotes más holgados que encontró en el armario. Aún así le quedaban estrechos. Le sobresalía una voluminosa tripa cervecera. Estuvo en un tris de desanimarse y mandarlo todo a paseo. Al menos el casco le entraba sin problemas, una soberana estupidez como consuelo. Se lo ajustó intentando animarse: en unos meses… ya verás, hecho un chaval.

Lucía el sol, y la temperatura, aunque fresca, era agradable. Se sintió mejor pedaleando por las calles mientras le acariciaba el aire. Un primer paso. Ya estaba en marcha.

Salía de la ciudad por el carril bici de la costa, cuando lo vio venir de frente: ¡El Cromañón! El viento le agitaba la melena bajo el casco, la larga barba danzaba en su rostro. Se deslizaba rápido, sin esfuerzo aparente, como si flotara. Un bailarín de la bicicleta, un atleta, un cuerpo de profesional. ¡A él no se le marcaba la tripa!

Le brotó de las entrañas un bramido animal. Una rabia incontenible le arrasó el cerebro. Se encajó el casco. Movió los pedales con toda la fuerza de que fue capaz. Rápido, rápido, a tope, a toda velocidad. Inclinó el cuerpo sobre el manillar, giró los hombros y la cabeza levemente hacia la izquierda y agachó la cabeza, calculando la posición y el ángulo exactos. Cuando chocara de frente contra él, le iba a destrozar la cara. Lo dejaría hecho un cristo. Un golpe seco de su protección frontal en el punto preciso mandaría al Cromañón directamente al hospital. Se lo tenía bien merecido el cabronazo.

-¡Te vas a enterar, hijo de puta! -trató de gritar un segundo antes del bestial impacto, pero de su boca solo salió un estruendoso berrido.

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