Lectores sensibles

Los lectores sensiblessensitivity readers en el original- son grupos de personas que trabajan identificando contenidos que puedan resultar ofensivos o que promuevan estereotipos y sesgos en las creaciones literarias.

Suele ser una labor remunerada. Hay empresas especializadas en la materia que cuentan con lectores sensibles en ámbitos muy variados: racismo, diversidad sexual, culturas no-occidentales (musulmanas, asiáticas, indígenas americanas…) , mujeres latinas, personas no binarias, judaísmo, violencia doméstica, abuso emocional, pobreza rural, discapacidad sexual, trauma infantil, alteraciones alimentarias… La lista de temas podría estirarse hasta el infinito.

Sentirse ofendido depende, en buena medida, de la mirada de cada cual, de las lecturas que haga de texto y contexto, del grosor de su epidermis, incluso de su sentido del humor. Por lo tanto, si el objetivo es evitar toda ofensa, la única solución viable que se me ocurre es mantener la boca cerrada a cal y canto. Bueno, y ni tan siquiera eso, porque el silencio también puede resultar ofensivo para quien exige respuesta.

Los resultados de la minuciosa expurga apoyada en los lectores sensibles son tan amplios y variados que sería imposible resumirlos en un artículo. Se han hecho desaparecer de ciertas obras, por poner varios ejemplos llamativos, términos como gordo, bruja o feo por inapropiados; o se ha censurado la longitud de la nariz de algún personaje por remitir -dicen- a estereotipos antisemitas.

El último caso que ha saltado a la prensa es el de las obras de Agatha Christie, de las que -según nos cuentan- una comisión de lectores sensibles ha eliminado insultos y referencias étnicas. Se ha suprimido que los sirvientes fueran negros o la palabra oriental. El termino nativo ha sido cambiado por local. También han desaparecido comentarios sobre la dentadura o el físico de algunos personajes, se ha modificado la repulsión que sentía uno de ellos hacia los niños, o se han purificado diálogos interiores de Marple y Poirot. Un buen cepillado.

La novela de Agatha Christie Diez negritos ya pasó a ser titulada hace tiempo como Y ninguno quedó vivo. Diez negritos es el título de una vieja canción infantil. En una serie británica basada en dicha novela la sustituyeron por diez soldaditos. Mucho más correcto, sin duda. Lo de irse marchando al otro barrio de uno en uno les debe ir en el sueldo a los soldaditos. Puedo entender que lo de diez negritos moleste a alguien. Vale, pero… ¿y lo de diez soldaditos no? Igual se podría cambiar por diez perritos -otra canción infantil-, aunque es casi seguro que alguien lo denunciaría por maltrato animal. En fin…

Si hay un terreno en el que los lectores sensibles –y las editoriales que los utilizan, claro- han entrado a saco, ese es el de la literatura infantil. Un buen número de cuentos actuales para niños se está ya escribiendo conforme a esos patrones. No sé, a los pequeños les suelen gustar las transgresiones -caca, culo, pedo, pis- y se ríen mucho con lo incorrecto y lo prohibido. Aunque con tanta insistencia igual consiguen que vayan cambiando de gustos, el tiempo lo dirá.

También han revisado los cuentos clásicos. Para calibrar esta labor, hay que empezar por reconocer que sobre cualquiera de esos cuentos circulan diferentes versiones. De un lado, porque muchos de ellos proceden de la tradición oral y hay variantes al fijarlos por escrito. De otro, porque lo que se publica, la mayoría de las veces, son resúmenes cuyo lenguaje se simplifica para hacerlo más ligero y comprensible. Las adaptaciones de los lectores sensibles, sin embargo, son de otro calado. Están guiadas por la voluntad de que todos los mensajes que reciban los niños sean ejemplares y ejemplarizantes, de convertir los cuentos en discursos morales. Un riguroso afán proteccionista. Imaginemos, por ejemplo, que la versión sensible de cierto cuento clásico muy conocido pasara a ser Racializadanieves y los siete verticalmente exiguos. ¿Qué versión elegiría un niño con solo leer el título? Porque lo preocupante no es que les ofrezcan adaptaciones desbravadas y edulcoradas, sino que, en determinadas escuelas o bibliotecas, se lleguen a prohibir los originales.

Algunas editoriales, y ahora vuelvo a las creaciones para adultos, aplican el trabajo de los lectores sensibles a la revisión de obras nuevas antes de publicarlas. Entramos aquí en el resbaladizo terreno de los consejos de los editores. Pueden estar motivados por mejorar la calidad literaria, conseguir mayores ventas, evitarse problemas… Autores y editores son mayorcitos, ya sabrán lo que hacen y lo que consienten. Allá ellos.

Lo que me parece dudoso es que una literatura sujeta a mandamientos tan estrictos, tan obsesionada con la pureza y la rectitud, consiga producir textos que lleguen a interesar, a conmover, no digamos ya a apasionar. La buena literatura nos incomoda muchas veces. Es siempre compleja, está repleta de aristas, abierta a múltiples lecturas e interpretaciones. Toca fibras interiores delicadas, difíciles muchas veces de clasificar, contradictorias. También la buena literatura infantil. Porque en este mundo -¿alguien lo duda?- resulta que sí existen los lobos feroces, las madrastras malvadas y abundan los bosques en los que perderse. Incluso dentro de uno mismo.

Tampoco puede haber una literatura congruente si se recela de las palabras, pretendiendo decretar de qué modo debemos nombrar a cada cosa y prohibiendo el uso de una larga serie de términos y expresiones.

Y me parece un atentado -este sí, imperdonable- cambiar obras de autores muertos. Reescribir el pasado es impedir que lo conozcamos tal y como fue. Y supone, a la vez, un insulto a la inteligencia del lector: nos juzgan incapaces de colocar y entender la obra en su tiempo y su contexto.

Allá cada cual con sus gustos, su moral, su moralismo, sus convicciones sobre lo correcto y lo incorrecto… También hay sobreactuaciones en sentido contrario, porque el escándalo vende. Así que cada uno lea y disfrute la literatura que le venga en gana. Y punto.

Lo que sí me parece exigible es que nos avisen cuando los lectores sensibles hayan modificado un libro. Hacerlo tendría que ser obligatorio, como ocurre con la trazabilidad de cualquier producto de consumo, que debe reflejarse en la etiqueta. Propongo que lleven en la portada una advertencia bien visible: Este libro ha sido corregido por lectores y lectoras sensibles.

Evitarían de ese modo que otros lectores con criterios distintos pudieran ofenderse con su lectura.

Un comentario

  1. Hay personas que ceen que el mundo es su convento.
    En «El nombre de la Rosa» Jorge de Burgos como lector sensible se encarga de capar obras y espíritus…
    Pero… No pasarán!.Como en el «prisionero de las estrellas» el espíritu humano es y será libre.. Y tanta opresión bien pensante no puede traer nada bueno….

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