Césares y dioses: de Bad Bunny a León XIV

Vivimos de evento en evento y tiro porque me toca. A escala local, regional o planetaria, macroconciertos y celebraciones estruendosas son el pan nuestro de cada día. Ahora ha comenzado el mundial de fútbol -la madre de todos los espectáculos-, convirtiendo en pasado los anteriores eslabones de esa interminable cadena: los conciertos de Bad Bunny y la visita de León XIV.

La socióloga Shoshana Zuboff popularizó el concepto de capitalismo de vigilancia: los datos personales se convierten en mercancía y son la base de los negocios de las grandes corporaciones. Ni que decir tiene que, por sus propias características, es también un capitalismo de control. Se fiscalizan y guardan hasta los mínimos detalles de la vida privada de cualquiera y pueden ser utilizados cuando interese.

Pero ese capitalismo basado en las redes es también un capitalismo de espectáculo. La imagen sustituye a las ideas de fondo, lo superficial a lo profundo, lo líquido a lo sólido, lo digital a lo real. Las multitudes se mueven por la pasión de dejar constancia del yo estuve allí. Cualquier suceso arde en portadas para apagarse a los pocos días. La actualidad está compuesta de una sucesión ininterrumpida de eventos de digestión rápida, de flashes que nos deslumbran y dificultan ver el conjunto.

Tal y como van las cosas, se puede entender el aplauso entusiasta de ciertos sectores a Bad Bunny por su defensa de la comunidad latina o a León XIV por sus palabras sobre la búsqueda de la paz, el derecho internacional o la emigración. Frente a la imposición de manos de líderes evangélicos a Trump o el auge de los integrismos -cristianos, islámicos o judíos-, se comprende el interés de añadir peso religioso en el otro platillo de la balanza. Ningún apoyo es de despreciar y menos aún si procede de personas relevantes.

Pero Bad Bunny es cantante y compositor de reguetón y trap. No es un ideólogo, ni un líder político. Es un exceso intentar convertirlo en símbolo de una supuesta revuelta latina contra el imperio. O exigirle que cumpla con todos los cánones de la corrección y entre así en el traje que le exigen para representar ese papel.

León XIV es el dirigente máximo de la Iglesia Católica. La Iglesia Católica se considera depositaria e intérprete de la doctrina y mandatos divinos. Una labor tan trascendente que, mirada desde su perspectiva, queda muy por encima -a años luz- de las voluntades, ideas y aspiraciones de los simples humanos.

Por eso no es de extrañar que tiendan a considerar sus convicciones éticas y normas morales como las únicas posibles. O que les cueste conformarse con hacérselas cumplir a sus fieles y les parezca justo imponérselas a toda la sociedad. Actitudes ambas comunes a la mayoría de religiones, por cierto.

Sucede, además, que ese punto de partida hace difícil su evolución. Los empuja a aferrarse a lo que está escrito y, por eso mismo, a irse distanciando de la sociedad. Ese progresivo alejamiento ha sido señalado por muchos aquí y ahora: la Iglesia Católica sigue considerando inmorales el divorcio, las relaciones sexuales fuera del matrimonio, el matrimonio homosexual, el uso de anticonceptivos, el aborto, la eutanasia… El papel de la mujer en su seno sigue anclado en siglos atrás…

A mí me interesa destacar otra consecuencia del pensamiento religioso cuando se traslada mecánicamente a la política: la marcada tendencia al absolutismo ético.

Intento explicarme con un par de ejemplos.

Podemos partir del principio de que la guerra es siempre un mal. Vale, me parece poco discutible. Pero ahí están los nacionalismos agresivos y belicistas de Trump, Putin o Netanyahu. ¿Frente a ellos el único criterio éticamente aceptable es el desarme unilateral de sus oponentes? ¿Qué consecuencias traería la aplicación rigurosa de ese principio?

Sin entrar aquí en la valoración moral del aborto, no creo que nadie lo considere una fiesta. Seguro que una inmensa mayoría de mujeres preferiría utilizar otros métodos antes de llegar a él. Pero considerarlo un mal absoluto y prohibirlo tiene como consecuencia directa que los millones de mujeres que recurran a él se vean obligadas a hacerlo en peores condiciones sanitarias y que sean perseguidas, condenadas y encarceladas. Los daños causados son infinitamente mayores que el supuesto bien que pretenden perseguir.

Weber planteó una interesante distinción entre la ética de la convicción -lo que debería ser, los valores morales- y la ética de la responsabilidad –las consecuencias prácticas que acarrearía su estricta aplicación a la realidad-. Esta segunda mirada ética es fundamental en política. Es muy peligroso despreciarla en nombre de absolutismos éticos. Incluso puede ser catastrófico.

En el conocido como Evangelio de Mateo se cuenta uno de los enfrentamientos de Jesús con los fariseos. Los fariseos -lo recuerdo por si acaso- fueron una corriente del judaísmo defensora del retorno a la pureza y las leyes antiguas; según los evangelios, muy amigos de escandalizarse por los pecados ajenos para resaltar de ese modo las propias virtudes. Deporte, dicho sea de paso, que se sigue practicando masivamente en nuestros días.

Así se narra la disputa en el citado evangelio:

Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. Y le enviaron a sus discípulos (…) diciendo: Maestro (…) Dinos, pues, qué te parece, ¿Es lícito dar tributo a César o no?

Una pregunta trampa en aquellas circunstancias históricas: el sí lo señalaría como traidor, como un lacayo de los conquistadores romanos; y si respondía que no, podría ser perseguido por la justicia al defender actos ilegales.

Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. (…) ¿De quién es esa imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.

A Jesús no le concernían, al parecer, asuntos tan terrenales como el pago de impuestos. Se salió por la tangente porque su reino no era de este mundo.

Se acostumbra a interpretar el relato como una defensa de la separación entre iglesia y estado, entre los ámbitos del poder político y de la religión.

Pues eso.

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